Todos los caminos conducen a Roma, pero ¡cuidados con los baches!

Todos los caminos conducen a Roma, pero ¡cuidados con los baches!

Un domingo lluvioso, Cristiano Davoli detuvo el tránsito y corrió hacia el medio de la calle para solucionar el problema.

El vendedor de libros de historietas, de 45 años, con un logo de Empárchame que le atravesaba el pecho, vació una bolsa de asfalto en un bache profundo y peligroso. Con el reverso de una pala, aplastó el terreno y lo golpeó con sus botas.

“Esto se llama intervención de emergencia”, afirmó Davoli, un héroe vigilante en la batalla contra los baches voraces que se han abierto en toda la ciudad.

 

Puede ser que todos los caminos conduzcan a Roma, pero cuando uno llega aquí, las calles angostas y los pavimentos arruinados pincharán los neumáticos, romperán los ejes, herniarán los discos y en un caso reciente, tragaron un vehículo utilitario completo.

Un cóctel venenoso romano de mala administración crónica, corrupción, burocracias, descuido, tráfico pesado, nieve ocasional y lluvia constante, ha transformado a los caminos de Roma en una ruina moderna que ha excedido a la basura desbordante, arruinado las cañerías de agua y sorprendido a los conductores de ómnibus como el emblema de una ciudad degradada en otra decadencia.

Primero aparecen las rajaduras, que se parecen a telas de araña. Estas dan paso a un patrón agrietado como el del suelo de un desierto seco. Finalmente se abren agujeros como brechas. Camuflados en un marzo lluvioso, debajo de charcos color café, causan esguinces de tobillo, desestabilizan a los motociclistas zigzagueantes y convierten a los paseos en auto en excursiones detraqueteo todoterreno.